Los AlebrijesUn Regalo Precioso

Eramos la única familia en el restaurante con un niño.
Yo senté a Arturo en una silla para niños
y me dí cuenta que todos estaban tranquilos
comiendo y charlando.

De repente, Arturo pegó un grito con ansia y dijo,
"¡Hola amigo!"

Golpeando la mesa con sus manitas.
Sus ojos estaban bien abiertos por la admiración
y su boca mostraba la falta de dientes en sus encías.

Con mucho regocijo él se reía y se retorcía.
Yo miré alrededor y vi la razón de su regocijo.
Era un hombre andrajoso con un abrigo en su hombro;
sucio, grasoso y roto.

Sus pantalones eran anchos
y con el cierre abierto hasta la mitad.
Sus dedos se asomaban
a través de lo que fueron unos zapatos.

Su camisa estaba sucia
y su cabello no había recibido un corte por largo tiempo.
Sus patillas eran cortas y muy poquitas
y su nariz tenía tantas venitas que parecía un mapa.

Estábamos un poco lejos de él para saber si olía,
pero seguro que olía mal.
Sus manos comenzaron a menearse para saludar.
"Hola bebito, como estás muchachón," le dijo el hombre a Arturo.

Mi esposa y yo nos miramos, "¿Qué hacemos?"
Arturo continuó riéndose y contestó,
"Hola, hola amigo."

Todos en el restaurante nos miraron y luego miraron al pordiosero.
El viejo sucio estaba incomodando a nuestro hermoso hijo.
Nos trajeron nuestra comida
y el hombre comenzó a hablarle a nuestro hijo como un bebé.

Nadie creía que era simpático lo que el hombre estaba haciendo.
Obviamente el estaba borracho.
Mi esposa y yo estábamos avergonzados.

Comimos en silencio;
menos Arturo que estaba super inquieto
y mostrando todo su repertorio al pordiosero,
quien le contestaba con sus niñadas.

Finalmente terminamos de comer y nos dirigimos hacia la puerta.
Mi esposa fue a pagar la cuenta
y le dije que nos encontraríamos en el estacionamiento.

El viejo se encontraba muy cerca de la puerta de salida.
"Dios mio, ayúdame a salir de aquí antes de que este loco le hable a Arturo."
Dije orando, mientras caminaba cercano al hombre.
Le di un poco la espalda
tratando de salir sin respirar
ni un poquito del aire que él pudiera estar respirando.

Mientras yo hacía esto,
Arturo se volvió rápidamente en dirección hacia donde estaba el viejo
y puso sus brazos en posición de
"cárgame."

Antes de que yo se lo impidiera,
Arturo se avalanzó desde mis brazos hacia los brazos del hombre.
Rápidamente el muy oloroso viejo y el jóven niño consumaron su relación amorosa.
Arturo en un acto de total confianza, amor y sumisión
recargó su cabeza sobre el hombro del pordiosero.

El hombre cerró sus ojos y pude ver lágrimas corriendo por sus mejillas.
Sus viejas y maltratadas manos llenas de cicatrices, dolor y duro trabajo,
suave, muy suavemente,
acariciaban la espalda de Arturo.

Nunca dos seres se habían amado tan profundamente en tan poco tiempo.
Yo me detuve aterrado.
El viejo hombre se meció con Arturo en sus brazos por un momento,
luego abrió sus ojos y me miró directamente a los mios.
Me dijo en voz fuerte y segura,
"Usted cuide a este niño."
De alguna manera le contesté "Así lo haré" con un inmenso nudo en mi garganta.

El separó a Arturo de su pecho, lentamente, como si tuviera un dolor.
Recibí a mi niño, y el viejo hombre me dijo:
"Dios le bendiga, señor. Usted me ha dado un hermoso regalo."
No pude decir más que un entrecortado gracias.

Con Arturo en mis brazos, caminé rápidamente hacia el carro.
Mi esposa me preguntaba por qué estaba llorando
y sosteniendo a Arturo tan apretadamente,
y por qué yo estaba diciendo: "Dios mío, Dios mío, perdóname."

Yo acababa de presenciar el amor de Cristo
a través de la inocencia de un pequeño niño que no vió pecado,
que no hizo ningun juicio;
un niño que vió un alma
y unos padres que vieron un
montón de ropa sucia.

Yo fui un cristiano ciego,
cargando un niño que no lo era.
Yo sentí que Dios me estuvo preguntando:

"¿Estás dispuesto a compartir a tu hijo por un momento?" 
 


Poema AnteriorIndice de PoemasPoema Siguiente

 
LOS ALEBRIJES