TU Y YO
"Por ti fue mi dulce suspiro
primero
Por ti mi secreto, constante
anhelar".
El alma del que sufre es noche
triste:
Toldada está por el pesar
sombrío,
y las amargas lágrimas que
vierte
son, Niña, sus gotas de rocío
Halla
quien nace bajo estrella
amiga,
florida primavera en su
existencia,
y hasta el cielo, propicio, le
sonríe
del éter tras la clara
transparencia.
Tú de mi amante corazón
conoces
el secreto, Niña,
doloroso:
aunque
sólo de lejos, has
oído
su gemido profundo y
angustioso.
Tú no sufriste ni lloraste
nunca:
tu vida, sólo ha sido una
alborada
teñida, cual las plumas de un
flamenco,
por una luz dulcísima y rosada.
El fuego del amor que por ti
siento,
voraz, inextinguible, ya ha
tornado
en cenizas las flores de mi
alma.
¡La lava del volcán invadió el
prado!
Tus amores de niña sólo
fueron
blandos gorjeos de canoras
aves,
brisas del sentimiento,
juguetonas,
de las flores del alma, aromas
suaves.
Tú,
en el romance de la vida
mía,
de mi existencia en la novela
triste,
hasta hoy llenaste el doloroso
cuadro,
hasta hoy, Mujer, la heroína fuiste.
Yo pasé por el cielo de tu
vida
como una nube que arrebata el
viento,
sin dejar un recuerdo en tu
memoria,
sin despertar en tu alma un
sentimiento.
Tú eres el agua que me roza el
labio,
la fruta que el sentido me
enajena,
y un Tántalo yo soy que en vano
agito
Los
anillos de mi áspera
cadena.
Yo soy, Mujer, a tus divinos
ojos,
estrellas de brillantes
resplandores,
más
bien que tu amador, un
jardinero
de quien recibes con desdén las
flores.
Tú eres la inconmovible y
desdeñosa,
aunque gentil y bella
castellana;
yo, el trovador que canta al pie del
muro
sin
que se abra a su acento tu
ventana.
Tú eres el astro que en el cielo
gira
derramando su lumbre
refulgente:
yo, el satélite humilde,
condenado
a seguir ese giro
eternamente.
Tú eres la llama que la brisa
leve
hace
ondular, apenas,
cariñosa;
yo, la víctima triste de ese
fuego,
la pobre, enamorada
mariposa.
Tú, las aguas tranquilas de tu
vida
surcarás dando el lino al blando
viento,
como el céfiro corre entre las
flores,
como cruza la luna el
firmamento.
Yo,
el desierto, Niña de la
mía
recorreré infelice
peregrino,
mojando
con el llanto de mis
ojos
las espinas y piedras del
camino.
Yo,
en ese largo, fatigoso
viaje,
en mi alma llevaré tu imagen
bella.
Tú... ¡ni tan solo pedirás al
cielo
un rayo de luz para mi huella!