Ya todos la olvidaron.
Ahora sí que se ha ido,
pero, sobre las rosas de la tumba
reciente,
florecía el recuerdo más allá del olvido…
Yo era el hosco, el
ausente.
Qué le importa a la noche que se apague una
estrella,
si el mar sigue cantando cuando pierde una ola.
Ya están secos
los ojos que lloraron por ella.
Ya se ha quedado sola.
Ahora ya sigue, sola, su viaje hacia el
espanto,
por las noches profundas, bajo el cielo inclemente.
Ya nadie me
reprocha que no lloré aquel llanto,
que fui el hosco, el ausente…
Ya nadie le disputa su silencio y su sombra,
sobre
todo su sombra, bajo la luz del día.
Ya todos la olvidaron, Señor. Nadie la
nombra.
Yo la recuerdo todavía…